El Rostro del Poder
El poder solía tener un rostro rígido que además se practicaba frente al espejo.
Mandíbula apretada. Mirada fría. Ninguna lágrima permitida, pues se percibía como debilidad. Mostrar emoción no estaba prohibido, simplemente no era conveniente.
Pero algo cambió.
No es la emoción lo que debilita al poder. Es la incongruencia.
Vimos a Mark Carney visiblemente afectado tras la tragedia en Canadá. No fue desborde ni teatralidad. Fue tristeza regulada.
No perdió autoridad. La sostuvo.
La historia reciente ofrece contrastes reveladores.
Vladimir Putin construyó su narrativa sobre la invulnerabilidad, proyectando fuerza, musculatura y poder. Tras tragedias como el hundimiento del submarino Kursk, su expresión fue impenetrable. La dureza intimida. Pero no necesariamente conecta.
Barack Obama dejó ver la emoción en distintos momentos de su presidencia. Mostró alegría, enojo y tristeza. Tras la masacre de Sandy Hook, su voz se quebró, hizo pausas necesarias para respirar, no perdió legitimidad. Mostró el peso del cargo.
Jacinda Ardern abrazó a víctimas tras el ataque en Christchurch. No dramatizó, no se endureció. Integró la emoción fuerte al liderazgo.
La diferencia no está en llorar o no llorar. Está en la autenticidad.
El neurocientífico italiano Giacomo Rizzolatti descubrió las neuronas espejo: circuitos cerebrales que se activan cuando observamos la emoción del otro. No solo entendemos racionalmente lo que vemos, podemos saber cómo se siente. Lo simulamos en nuestro cuerpo.
La empatía no es un valor decorativo de los discursos, es un mecanismo biológico.
Por eso, cuando un líder muestra tristeza proporcional ante una tragedia, activa algo en quienes lo observan. No debilita al poder, lo humaniza y además lo sincroniza.
Pero cuando la emoción es actuada, el cerebro detecta la incongruencia.
No siempre podemos explicarlo, pero lo sentimos y así, se pierde el vínculo.
Aquí es donde el contraste se vuelve incómodo.
En México, tanto Claudia Sheinbaum como Clara Brugada han optado por una narrativa de optimismo permanente: incluso la conferencia mañanera suele abrir con “la buena noticia…”
Los discursos de Clara Brugada y de Claudia están ensayados en tono amable, sonrisa constante y sus “buenas noticias” incluso en contextos tan complejos como la epidemia de sarampión.
La sonrisa puede transmitir calma pero en estos escenarios se ve como desconexión con la realidad.
Ante el brote de sarampión que ha provocado muertes infantiles, la emoción proporcional no es la alegría estratégica. Es la gravedad serena.
Es importante que la emoción auténtica debe ser coherente con el contexto.
El cerebro, aunque no haya estudiado el lenguaje no verbal, está cableado para detectar esas incongruencias.
En un momento histórico en el que diversos estudios advierten que la empatía está disminuyendo, el liderazgo no puede darse el lujo de la desconexión emocional.
La lágrima no debilita al líder. Lo debilita la pérdida de empatía.
La Aurora de México

