Cabeza fría: ¿templanza o desconexión?
Desde Hannah Arendt sabemos que el poder no es solo control ni administración: es relación. Existe
mientras conecta con los otros y con la realidad que gobierna. Cuando esa relación se enfría, el poder
no desaparece, pero se vuelve distante y queda el recurso del autoritarismo.
En ese marco, se ha elogiado en distintas ocasiones a Claudia Sheinbaum por su “cabeza fría”, hoy
presentada como una ventaja frente a liderazgos estridentes y, en particular, frente a los embates de
Donald Trump. El atributo suena bien: control emocional, cálculo, templanza. Sin embargo, la pregunta
relevante no es si la cabeza fría sirve, sino cuándo deja de ser templanza para convertirse en
desconexión.
En términos de lenguaje corporal, esa etiqueta suele asociarse con rostros de baja variabilidad
emocional, un tono de voz monótono y respuestas que se mantienen iguales aun cuando el contexto
cambia.
La autorregulación emocional es una habilidad clave del liderazgo. No queremos líderes que exploten
sin control ni que reaccionen de forma impulsiva; valoramos la serenidad que comunica dominio de sí.
Pero cuando el entorno se vuelve crítico y el cuerpo no ajusta, no modula, no registra ni responde, el
mensaje que llega ya no es calma, sino distancia. El cuerpo distingue lo que el discurso confunde:
templanza es adaptación; desconexión es rigidez.
El contraste internacional ayuda a entender esta tensión. Frente al estilo expansivo y narcisista de
Trump —centrado en imponerse y ser visto—, en Davos apareció un liderazgo distinto. Marc Carney
no elevó el tono ni buscó protagonismo: nombró la realidad. Habló de riesgos, de rupturas y de
costos. Y fue directo: “La sumisión no da seguridad. Apaciguar al agresor solo lo fortalece.” Esa fue su
forma de valentía. El liderazgo auténtico no siempre grita; a veces incomoda porque dice lo que es, no
lo que conviene.
Otros liderazgos recientes entendieron esto con claridad. Jacinda Ardern, ex primera ministra de
Nueva Zelanda, lo sintetizó con una frase incómoda para la política tradicional: “La amabilidad no es
debilidad.” Durante la pandemia, su liderazgo combinó claridad, empatía y firmeza. No negó la
gravedad ni se refugió en el silencio técnico; habló con verdad y con cuidado. La cercanía no debilitó
su autoridad: la legitimó.
En México, la “cabeza fría” se ha traducido con frecuencia en una gestión del mensaje más que en
una respuesta emocional acorde con la gravedad de ciertos contextos. Cuando se le pide claridad
sobre decisiones de fondo —como la entrega de petróleo a Cuba— la respuesta no es frontal, sino
enredada. El poder que evita nombrar lo esencial sustituye la claridad por retórica.
La cabeza fría sirve para calcular. Pero gobernar no es solo cálculo: es vínculo. Cuando el cuerpo no
registra el dolor, cuando la voz no acompaña el momento y la presencia se sustituye por imagen y
discurso, el poder deja de conectar. Y cuando el poder no conecta, ya no lidera: administra su
aislamiento.
Publicado en La Aurora de México

