El Discurso de Unidad Frente a un Poder Fracturado
Séneca advertía que nadie puede llevar una máscara durante mucho tiempo, ya que lo fingido termina siempre por volver a su estado natural. En política, esa máscara suele ser el discurso: cuidadosamente construido, probablemente repetido hasta el cansancio y alineado a la narrativa en turno. El cuerpo, en cambio, no siempre coopera con la ficción.
La comunicación no verbal —es decir, todo lo que acompaña al discurso sin palabras— abarca los gestos, las posturas, el tono de voz, las miradas, las distancias físicas y los silencios. Representa entre 60 y 80% de la comunicación en general. Cuando no coincide lo que se dice con lo que se muestra, el mensaje pierde valor. En política, los discursos pueden ensayarse, pero el cuerpo reacciona con total honestidad. Por eso, cuando hay disputas de poder o tensiones internas, el lenguaje no verbal suele revelar, antes que cualquier declaración, lo que realmente ocurre.
Cuando nos dicen algo pero el cuerpo dice lo contrario, debemos creerle al cuerpo: es más fácil mentir con las palabras.
En contextos de poder, la congruencia es innegociable. El cuerpo y la actitud deben acompañar al discurso, no contradecirlo. Cuando lo que se dice no coincide con lo que se muestra, el mensaje pierde fuerza. Y la incongruencia no se explica: se castiga.
El pasado fin de semana hubo dos imágenes claras en las que el discurso de unidad de Morena no coincide con lo que se vio.
La primera: Claudia Sheinbaum marcando distancia —física y simbólica— de la desprestigiada alcaldesa Abelina López, quien no fue invitada al evento de Acapulco, pero fue a alcanzar a la presidenta en otro municipio para tomarse la foto. Cuando dejan entrar a la alcaldesa, la presidenta no puede evitar evaluar su apariencia y después evita el contacto visual y se desvía rápidamente para saludar a alguien más. Así, Claudia Sheinbaum impone jerarquía sin decir una sola palabra.
La segunda: la titular de la Secretaría de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, evita saludar al secretario de Seguridad, Omar García Harfuch. Harfuch se aproxima con cortesía institucional; ella lo ignora y se sigue de frente. Él tensa la boca, un gesto de contención emocional ante un desaire inesperado. Después la sigue con la mirada, buscando un cierre social que no ocurre, y finalmente se da palmadas en la pierna antes de saludar a otra persona: una clara conducta de autorregulación.
Nada de esto es menor. Los desencuentros públicos no son errores: son señales para quien sabe observar. Cuando el poder está cohesionado, los cuerpos se sincronizan en rapport. Cuando empieza a fracturarse, la descoordinación se filtra primero en los gestos, las distancias y las miradas.
Aunque se hable de unidad, el lenguaje no verbal mostró fracturas. Y como advertía Séneca, cuando la máscara ya no puede sostenerse, el cuerpo termina diciendo la verdad.
Publicado en laaurorademexico.com

