El Amor Entra Por los Ojos

“El amor entra por los ojos”, dice el dicho popular.

Y no está tan equivocado.

Antes de cualquier promesa, antes de cualquier palabra, el sistema visual ya decidió si se acerca o se protege. La pupila se dilata, la atención se afina, el cuerpo se inclina.

El amor no empieza cuando se declara.

Empieza cuando el cuerpo se dispone hacia el otro.

La antropóloga biológica Helen Fisher ha estudiado por qué nos enamoramos de quien nos enamoramos y llegó a una conclusión incómoda: no lo hacemos al azar. El enamoramiento ocurre a través de señales. Conductas observables. El cuerpo entra en escena mucho antes que las palabras.

Una mirada que se sostiene un segundo más de lo normal. Una sonrisa que responde. Un tono de voz que cambia. Eso basta para encender el proceso.

La secuencia es sorprendentemente constante. Primero buscamos atraer la atención: ocupamos más espacio, nos erguimos, nos volvemos visibles.

El etólogo Irenäus Eibl-Eibesfeldt documentó en distintas culturas —de Samoa a Japón, de África a Europa— el mismo patrón de coqueteo: leve sonrisa, elevación de cejas, ligera inclinación de cabeza, mirada que se retira y vuelve.

No era moda.

Era biología.

Esos gestos no eran aprendidos, sino innatos. El cuerpo sabía cómo insinuar interés mucho antes de que existiera la educación sentimental.

Después vienen las miradas más insistentes. La pupila se dilata al observar a quien nos interesa. No por romanticismo, sino por evolución: queremos ver más, registrar mejor.

Más tarde aparece el contacto físico —casi siempre disfrazado de casualidad— y solo después llega la palabra. No al revés.

Cuando el vínculo avanza, surge algo aún más revelador: la sincronía. Las parejas que se gustan ajustan ritmos sin notarlo. Caminan al mismo paso. Inclinan el cuerpo en la misma dirección. No es imitación. Es regulación mutua.

Nada de esto es exclusivo del ser humano. Desde Charles Darwin sabemos que las emociones tienen un origen evolutivo y se expresan primero en el cuerpo. Los animales se expanden para atraer, se sincronizan para vincularse y se repliegan cuando el interés no es correspondido. Nosotros hacemos lo mismo, solo que lo vestimos de palabras.

El amor es atención.

Atención que se concentra hasta volver difuso el resto del mundo. Atención que afina la percepción cuando alguien entra en nuestro campo visual.

Por eso una mirada profunda puede desarmarnos. Si proviene de alguien que nos gusta, el sistema nervioso se abre. El cuerpo se inclina. La respiración cambia.

Pero la misma mirada, en otro contexto, activa alerta. Sin vínculo, puede sentirse invasiva. Incluso amenazante.

El deseo y el miedo comparten territorio fisiológico.

La diferencia es la interpretación.

Las parejas no se rompen cuando dejan de hablar.

Se rompen cuando dejan de mirarse.

El amor entra por los ojos.

Y cuando se va, la mirada ya no regresa.

publicado para @opinion51

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