El Poder no Escucha

En comunicación, gran parte del mensaje no se transmite con palabras, sino con gestos, tono de voz  y mirada. Lo que expresas verbalmente pierde fuerza si el cuerpo comunica lo contrario. Claudia Sheinbaum lo sabe muy bien: durante años ha contado con asesores que buscan mejorar sus movimientos de manos, su tono de voz y su sonrisa. 

Si alguien dice “soy un líder cercano”, pero en las imágenes siempre aparece distante, el mensaje se diluye.

El psicólogo Paul Ekman, uno de los mayores estudiosos del lenguaje corporal, clasificó distintos tipos de gestos: entre ellos, los emblemas, aquellos que se entienden aunque no vayan acompañados de palabras. Si haces con los dedos la forma del dinero, todos comprenden a qué te refieres. Si expandes las manos, das a entender que hablas de algo grande. Y cuando colocas el índice bloqueando los labios, el mensaje es inequívoco: “cállate.”

Durante la reciente emergencia por las lluvias en Veracruz, la presidenta Claudia Sheinbaum realizó ese gesto que se volvió símbolo: en una situación marcada por el descontrol, colocó su dedo índice sobre la boca para pedir silencio a un joven desesperado que buscaba a sus amigos. El contexto agrava el significado: en medio del caos, el sufrimiento y la pérdida, ese movimiento —el dedo en los labios— no fue un acto de contención, sino de censura. En lenguaje corporal, callar al otro es imponer jerarquía. Es decir: “yo tengo el control, tú guarda silencio.” 

Lo grave es que ese gesto no ocurrió en un mitin, sino frente al dolor. Y cuando el poder se enfrenta a la desesperación, la empatía debería dominar la escena, no la autoridad. El cuerpo, en ese instante, habló más fuerte que cualquier discurso.

En contraste, durante su campaña, Sheinbaum usó con frecuencia otro gesto igualmente potente: el puño cerrado. Un emblema clásico de fuerza y victoria. Es el mismo gesto que hacen los deportistas cuando marcan un gol o alcanzan una meta: energía concentrada, poder personal, convicción. El puño comunica determinación; el dedo que ordena callar, control. Ambos gestos son poderosos, pero de naturaleza opuesta: uno inspira, el otro impone.

Y no es la primera vez que un dedo se convierte en símbolo de autoridad. Andrés Manuel López Obrador, su antecesor y mentor político, solía decir con ironía: “lo que diga mi dedito.” Una frase que parecía inofensiva, pero que sintetizaba una forma de ejercer el poder vertical y personalista. Hoy, con un gesto casi idéntico —el índice que ordena silencio—, Sheinbaum reproduce, quizá sin advertirlo, la misma semiótica del mando.

El cuerpo no miente. Los líderes pueden cambiar de discurso, pero su lenguaje corporal siempre revela su verdadero mapa emocional. En campaña, el puño decía “puedo”. En el gobierno, el dedo dijo “calla”. Entre ambos gestos se traza una línea: el poder se vuelve arrogancia cuando la empatía se convierte en silencio.

Bárbara Tijerina G.

Anterior
Anterior

Cuando el poder se muestra sin gritar

Siguiente
Siguiente

El Grito y el Silencio