El Cuerpo del Triunfo y de la Derrota
Arrancó el Mundial de futbol y en las próximas semanas veremos goles, golpes, festejos y derrotas. Veremos jugadores y aficionados levantar los brazos al cielo. Algunos correrán hacia sus compañeros para abrazarlos; otros parecerán que se detuvo el tiempo y se quedarán quietos asumiendo la derrota.
No solo estaremos presenciando un partido de futbol, también observaremos algo muy primitivo: las emociones humanas.
Paul Ekman inició su carrera convencido de que la expresión de las emociones dependía principalmente de la cultura. Para comprobarlo, viajó por distintas partes del mundo estudiando cómo las personas expresaban la alegría, el enojo, el miedo o la tristeza. Sin embargo, sus hallazgos terminaron llevándolo a una conclusión diferente: existen emociones básicas cuyas expresiones son universales, es decir que se expresan de forma similar en cualquier parte del mundo.
En 2009, David Matsumoto estudió a atletas ciegos de nacimiento y encontró algo fascinante: celebraban las victorias y reaccionaban ante las derrotas igual que el resto de los deportistas. Nunca habían visto una celebración. Y aun así levantaban los brazos, sonreían y reaccionaban de la misma manera.
Pero las emociones no solo se expresan. También se contagian.
En cualquier deporte es fácil observarlo. Basta un jugador que deja de creer para que la duda se extienda en el equipo. Basta un líder que transmite confianza para que los demás recuperen el impulso.
Por eso los grandes entrenadores y capitanes no solo gestionan estrategias. Gestionan emociones. Entrenadores como Pep Guardiola o Jürgen Klopp entienden que dirigir un equipo también implica leer el estado emocional de sus jugadores. Saben cuando intervenir, cuando exigir más y cuando sacar a un jugador de la cancha si su lenguaje no verbal no aporta.
La preparación física, la técnica y la estrategia son fundamentales. Pero en los momentos decisivos hay otro factor que también influye en el resultado: la capacidad de gestionar las emociones.
Mantener la confianza cuando el marcador está en contra, controlar la frustración después de una equivocación o transmitir entusiasmo cuando el cansancio pesa puede cambiar la dinámica del partido.
Por eso los mejores entrenadores y capitanes insisten en la importancia del lenguaje no verbal. Saben que las emociones son contagiosas. Reconocen cuando un futbolista está transmitiendo confianza y determinación, pero también cuando propagan desesperación, miedo o derrota antes de tiempo.
Una mirada al piso, unos hombros caídos o los gestos de frustración después de un error no afectan únicamente al jugador que lo realiza. También envían un mensaje al resto del equipo. Del mismo modo, la energía, el entusiasmo y un grito de “¡vamos!” pueden impulsar un cambio en el marcador
Quizá por eso hay derrotas que generan orgullo y victorias que dejan un sabor amargo.
El cuerpo rara vez guarda silencio.
La labor de un líder consiste en reconocer las emociones y tomar decisiones con ellas. El miedo, la frustración y la ansiedad estarán presentes en el campo y en las gradas. Los mejores líderes aprenden a leer el estado emocional de su equipo.
Porque antes de contagiar una estrategia, un líder contagia un estado emocional.
Y muchas veces no son las palabras las que unen a un equipo, sino las miradas, los abrazos y los gritos de aliento que recuerdan que nadie juega solo.
El marcador cuenta quién ganó. Pero no siempre cuenta toda la historia.
A veces admiramos más al equipo que mantuvo la cabeza en alto, la camaradería y que siguió luchando hasta el final.
Quizá por eso hay derrotas que generan orgullo y victorias que dejan un sabor amargo.
Porque en los momentos decisivos, los equipos no se unen por lo que dicen. Se unen por lo que transmiten.
Las miradas, los abrazos y los gritos de aliento son los que nos recuerdan que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.
Suerte, selección mexicana.
Escrito por Bárbara Tijerina para La Aurora de México.

