Dos Partidos en una Misma Noche

Napoleón advertía que la opinión pública era el termómetro que un gobernante debía consultar constantemente. Más de dos siglos después, la idea sigue vigente. Gobernar no consiste únicamente en tomar decisiones o administrar recursos. También implica comprender el estado de ánimo de una nación.

Durante unas semanas, millones de mexicanos experimentamos exactamente la misma emoción. Gritamos, nos abrazamos, brincamos y cantamos el Himno Nacional. Por unos instantes dejamos de lado las diferencias, las preocupaciones y la polarización que desde hace años domina la conversación pública.

El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria: convertir a millones de individuos en una sola comunidad emocional.

Y es precisamente en esos momentos cuando se pone a prueba el liderazgo.

Mi maestro Ismael Cala suele decir que un buen líder sabe leer las emociones del grupo. Yo añadiría algo más: los grandes líderes también saben interpretarlas y dirigirlas.

Porque gobernar no consiste únicamente en tomar decisiones. También implica comprender cómo se siente la población y saber representar ese estado de ánimo.

Por supuesto, gobernar también es decidir presupuestos, definir prioridades y dirigir la atención hacia temas fundamentales como la seguridad, la salud, la educación o el transporte.

Un líder puede conservar el poder y, al mismo tiempo, perder el pulso emocional de su gente.

Y es precisamente ahí donde el liderazgo comienza a debilitarse.

La presidenta no comunica únicamente a través de las palabras. También comunica mediante imágenes que proyecta y las emociones que transmite.

Barack Obama entendía muy bien esa responsabilidad. Tras la masacre de Sandy Hook no ocultó las lágrimas. Durante el homenaje a las víctimas de Charleston hizo una pausa en su discurso y comenzó a cantar Amazing Grace.

Eso no fue una estrategia de comunicación. Era un presidente atento, escuchando y leyendo el estado emocional de su país y ayudando a representarlo y conducirlo.

Pocas cosas consiguen que un país entero mire hacia el mismo lugar. El triunfo de México fue una de ellas.

Mientras millones de mexicanos gritábamos los goles y llenábamos las calles de banderas, la Presidenta parecía vivir otro partido. Permaneció en Palacio Nacional, en una escenografía sin luz, ni color y sin entusiasmo.

Al fondo una pequeña bandera de México terminaba simbolizando, quizá sin proponérselo, la distancia entre el ánimo del país y la imagen que proyectaba la Presidencia.

Porque el liderazgo no solo se ejerce desde el poder. También se ejerce desde la capacidad de acompañar las emociones de una nación. Cuando un gobernante deja de mirar hacia donde mira su pueblo, puede seguir gobernando, pero ya está jugando otro partido. Y ahí empieza a perder liderazgo.

Escrito por Bárbara Tijerina para La Aurora de México.

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