La Voz de Claudia, Dos Años Después
Hace casi dos años, el día de la toma de posesión de Claudia Sheinbaum, escribí una columna que titulé La voz de Claudia. Había seguido durante la campaña la modificación de su imagen: el trabajo con asesores en el tono de voz, los movimientos de las manos, las sonrisas ensayadas, el maquillaje y el peinado. Terminaba aquella columna diciendo que, después de años de preparación con entrenadores de oratoria e imagen, y bajo la enorme influencia de su mentor, había llegado el momento de descubrir y dar a conocer su propia voz.
Dos años después, esa voz aparece a ratos. Claudia es una mujer racional, disciplinada y rígida. Cuando no está en “modo campaña”, su voz suele ser baja, contenida y con poca energía. No es naturalmente expansiva ni particularmente expresiva. Y no tendría por qué serlo.
El problema no es tener una voz seria, poco expresiva o incluso monótona. La autenticidad no consiste en parecer más simpático, carismático o entusiasta, sino en que lo que mostramos sea congruente con quienes somos. Una voz puede ser sobria y transmitir enorme autoridad; lo que genera ruido es sentir que alguien está interpretando un personaje. No tienes que ser experto en lenguaje no verbal para pensar: “no le creo”.
La voz es especialmente difícil de fingir porque está íntimamente ligada a nuestras emociones. Cuando estamos alegres o entusiasmados solemos hablar más rápido, con más energía y en un tono más alto; cuando estamos tristes ocurre lo contrario. La emoción modifica la respiración, la tensión muscular y la laringe. Podemos cuidar las palabras o ensayar un gesto, pero resulta mucho más difícil evitar que la voz revele cómo nos sentimos.
Angela Merkel me parece un buen ejemplo de autenticidad. Durante sus años al frente del gobierno alemán, su comunicación fue sobria, contenida y, a veces, hasta monótona. Fuera de su famoso rombo con las manos, que terminó convirtiéndose en su marca personal, no necesitaba grandes gestos. Tampoco parecía empeñada en parecer otra cosa. Esa congruencia terminó siendo parte de su autoridad: no necesitaba actuar entusiasmo para resultar creíble.
Durante el Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum hubo varios momentos que me llamaron especialmente la atención. Justo cuando entraba en temas donde mayor es la distancia entre el discurso y la realidad, cambiaba el registro. Aparecía una sonrisa que se percibe fingida, subía el tono y aumentaba el entusiasmo. Era esa Claudia que vimos tantas veces durante la campaña: una voz más aguda, más enfática y, por momentos, casi infantil.
Cuando alguien miente esperamos, por lo menos, alguna señal de incomodidad. Una duda, una pausa, un titubeo, algún gesto de inquietud. Claudia hace lo contrario: sonríe.
Habló del abasto de medicamentos, del funcionamiento de los hospitales y de proyectos heredados de López Obrador con una facilidad que desconcierta frente a una realidad que contradice sus afirmaciones. Y cuanto mayor parecía la distancia entre una y otra, más entusiasmo ponía en contarla. Como si decirlo con tanto énfasis pudiera hacerlo verdad y conseguir que nadie lo cuestione.
Por eso resulta tan interesante contrastarla con Mark Carney.
El primer ministro canadiense demuestra que hay otra manera de ejercer el poder. No responde al modelo del “hombre fuerte” que, con enormes diferencias entre ellos, personifican figuras como Trump, Putin o Kim Jong-un. No grita, no agrede ni necesita exhibir fortaleza. Tampoco recurre a la fórmula populista de maquillar la realidad para vender certezas. Ha tomado decisiones difíciles y hablado con claridad de un escenario económico complicado. Y, sin embargo, 76 por ciento de los canadienses respalda su actuación frente a Trump.
Carney no promete que todo estará bien. Dice que vienen tiempos difíciles, explica por qué y se pone a trabajar: diversifica relaciones, busca alianzas en Europa y prepara a su país para un escenario distinto. Su autoridad no depende de convencer a los canadienses de que no existe un problema, sino de demostrarles que está preparado para enfrentarlo.
Quizá ahí esté la voz que sigo buscando en Claudia: no una más fuerte, más alegre ni mejor entrenada, sino una más auténtica. Una que no necesite sonreír frente a una realidad incómoda ni elevar el tono para hacerla desaparecer. Porque gobernar no consiste en encontrar la voz adecuada para contar la realidad, sino en tener el valor de nombrarla.

