El Lenguaje no Verbal de una Cultura
Después de varios días en Japón he confirmado algo: para entender una cultura no basta con aprender su idioma. Hay que aprender también su lenguaje no verbal.
Una cultura se expresa en la manera en que sus habitantes miran, saludan, construyen sus casas, cuidan sus calles y comparten el espacio con los demás.
Basta subirse al metro para descubrir que aquí las reglas son distintas. La gente evita sostener la mirada de los desconocidos y habla en voz baja. Lo que desde nuestros códigos podría parecer distancia o timidez responde a otra lógica: no invadir el espacio del otro.
En Occidente asociamos el contacto visual con seguridad, interés y honestidad. En Japón, una mirada demasiado directa o prolongada puede percibirse como invasiva o desafiante. Desde pequeños aprenden a evitar una mirada que pueda incomodar. Bajar los ojos no necesariamente es inseguridad o sumisión; también puede ser respeto.
Lo mismo ocurre con la reverencia. Inclinar la cabeza podría interpretarse desde nuestros códigos como sumisión. Aquí significa reconocimiento y respeto. Me ha llamado la atención en las despedidas: una reverencia recibe otra y, aun cuando las personas comienzan a alejarse, vuelven a inclinarse. Es una conversación sin palabras: te veo, te reconozco, te respeto.
También sorprende el silencio. En el metro, los restaurantes o las calles llenas de gente, se habla bajo. Elevar demasiado la voz significa ocupar un espacio que también pertenece a los demás. Hay una conciencia permanente de no molestar.
Esa forma de relacionarse también se refleja en la arquitectura. Una puerta, una ventana, un jardín o una reja hablan de nuestra relación con la intimidad, la seguridad y la confianza. En México, la inseguridad ha llenado nuestras ciudades de bardas, rejas, púas y cámaras. El miedo también modifica el paisaje.
En Japón he encontrado pequeños jardines abiertos hacia la calle, casas que no parecen fortalezas y espacios públicos impecables. Cuidar lo que es de todos implica reconocer que también pertenece al otro. Ahora entiendo mejor esas imágenes de aficionados japoneses recogiendo la basura de los estadios después de los partidos.
Quizá nadie haya llevado ese lenguaje del espacio tan lejos como Tadao Ando. En Naoshima, sus edificios de hormigón, luz y naturaleza modifican nuestra conducta: caminamos distinto, observamos más y bajamos la voz. La arquitectura también puede dirigir el cuerpo sin decir una palabra.
Hay otro valor profundamente arraigado en Japón: la disciplina. Desde niños, muchos continúan estudiando después de la escuela en los juku, academias privadas. El esfuerzo, la preparación y la resistencia tienen un enorme valor social. A veces, incluso, hasta el agotamiento.
Por eso resulta tan interesante observar a Sanae Takaichi. La primera mujer en gobernar Japón está rompiendo patrones tradicionales de la política japonesa. Es más expresiva, sonríe, gesticula, abraza y utiliza las redes para comunicarse directamente con la gente. Pero mientras rompe códigos en la forma, conserva otros profundamente japoneses en el fondo: disciplina, preparación y una cultura del trabajo llevada casi al extremo. Ella misma ha reconocido que duerme apenas unas horas por noche.
Esta misma semana pasó varias horas en un hospital sometiéndose a estudios. Takaichi rompe códigos en la forma, pero encarna, quizá hasta el exceso, los valores de la cultura que gobierna.
Los japoneses tienen una expresión: kuuki wo yomu, “leer el aire”. Entender lo que sucede sin necesidad de que nadie lo explique.
Después de estos días en Japón, pienso que para conocer una cultura no basta con escuchar lo que dice. También hay que aprender a leer lo que calla.
Escrito por Bárbara Tijerina para La Aurora

