La Política Desde la Mecedora
Dice una frase popular que preocuparse es como mecerse en una mecedora: te mantiene ocupado, pero no te lleva a ninguna parte.
Es difícil no recordarla después de ver a Andrés Manuel López Obrador durante 82 minutos, moviéndose hacia delante y hacia atrás mientras intenta convencernos de que está retirado.
“Estoy jubilado de la política”, dijo el 30 de septiembre desde La Chingada, su quinta en Palenque, en vísperas de cumplirse dos años de haber dejado la Presidencia.
La escena estaba construida para comunicar retiro: la guayabera blanca, la vegetación, los libros, la terraza, un gallo que pasa por ahí y, por supuesto, la mecedora de bejuco. López Obrador se recarga en el respaldo como quien contempla a distancia las batallas que dejó atrás.
Pero la imagen le dura poco.
Cuando vuelve a sus logros y sus adversarios, se endereza y se inclina hacia la cámara. El hombre jubilado vuelve a convertirse en el político de las mañaneras: recupera las frases, la narrativa y las descalificaciones que repitió durante seis años.
El escenario cambió. El discurso, no.
El supuesto propósito del video era presentar su nuevo libro, Pueblo. Sin embargo, pasó más de una hora antes de que comenzara a hablar realmente de él. La dedicatoria a Claudia Sheinbaum llegó al final: la llamó ejemplo de trabajo, honestidad y lealtad al pueblo, además de “la mejor presidenta del mundo”.
Para un video de 82 minutos, el momento fue sorprendentemente breve.
El antropólogo Edward T. Hall escribió en El lenguaje silencioso que el tiempo también habla. La cronémica estudia precisamente lo que comunicamos mediante la duración, el ritmo y las esperas. No les dedicamos el mismo tiempo a todos ni a todo. Y ahí hay información sobre lo que realmente nos importa.
En este caso, la distribución del tiempo estableció una jerarquía. El libro ocupó unos minutos. El recuento de su gobierno, la defensa de su movimiento y la identificación de sus adversarios ocuparon casi todo lo demás.
Dejó el cargo, pero no la política ni la fabricación de enemigos.
También habló mediante sus silencios. No dedicó una palabra a los señalamientos contra funcionarios de Morena, al caso Sinaloa ni a las acusaciones que alcanzan a su hijo Andy López Beltrán. Callar esos temas no consigue borrarlos. En un mensaje tan largo, la ausencia los subraya.
La fecha añadió otra contradicción. El video apareció justo al cumplirse dos años de la Claudia Sheinbaum en la Presidencia. López Obrador le dedicó el libro y la colmó de elogios, pero su reaparición desplazó la conversación y el reflector hacia él.
Al día siguiente, Sheinbaum dijo que habían aparecido Fox, Calderón e incluso Salinas y que movían “un poco” las redes y la comentocracia. “Pero sale López Obrador en un video y entonces sí: ¡ahhhhh!”, exclamó abriendo los ojos y entre risas.
Quería destacar la popularidad de su antecesor. Sin proponérselo, describió también la dimensión de su sombra.
La comparación con Felipe Calderón resulta inevitable porque también reapareció esta semana, durante el foro América Libre: Unidos por la Democracia.
Calderón ha encontrado en los foros públicos una forma de ejercer su papel de expresidente. Al margen del juicio que merezcan su gobierno y sus conclusiones, presentó una exposición articulada: reconstruyó la transición democrática, reconoció los errores de la oposición, formuló un diagnóstico sobre el deterioro institucional y propuso recuperar la organización ciudadana.
Había una tesis, argumentos y una propuesta.
Las palabras de López Obrador hablan de retiro. La duración, las descalificaciones, los silencios y el eco que encontró en su partido hablan de presencia.
Como en la mecedora, fue hacia delante y hacia atrás durante más de una hora. Habló mucho, se movió mucho y terminó exactamente en el mismo lugar: entre las frases, los adversarios y las certezas de siempre.
Escrito por Bárbara Tijerina para La Aurora de México

