Cuando el Poder Busca una Dosis

Para mí, la mañana no puede comenzar sin una taza de café. Es como si esa primera dosis de cafeína accionara el botón de encendido de todos mis sistemas. Con ella llegan la energía, la concentración y la sensación de estar preparada para enfrentar el día.

Ese hábito tan inofensivo forma parte de una búsqueda muy antigua: encontrar sustancias que nos permitan mantenernos despiertos, rendir más y sentir menos cansancio. A lo largo de la historia, estudiantes, médicos, abogados, deportistas, militares y políticos han recurrido a distintos estimulantes para aguantar más horas de trabajo, reducir el sueño o controlar el apetito.

El verdadero peligro comienza casi sin darnos cuenta. Norman Ohler describe cómo una sustancia que al principio produce alivio, energía y concentración puede empezar a volverse una necesidad. Con el tiempo el organismo desarrolla tolerancia, las dosis aumentan y se forma una dependencia de la que resulta difícil salir. Cuando ese proceso le ocurre a un gobernante, el problema deja de ser personal: sus decisiones y su capacidad de juicio pueden poner en riesgo a toda una población.

En El gran delirio: Hitler, drogas y el III Reich, Ohler presenta un caso extremo. Hitler no fumaba, casi no bebía y desconfiaba de los medicamentos. Procuraba mantener una vida disciplinada y proyectar una imagen de fortaleza y dominio de sí mismo. Sin embargo, padecía problemas digestivos, agotamiento y otras molestias. Su médico personal, Theodor Morell, se ganó su confianza con tratamientos que parecían inofensivos: vitaminas, tónicos e inyecciones para recuperar la vitalidad.

Lo que comenzó con vitaminas terminó, según Ohler, en una dependencia de sustancias cada vez más potentes.. Morell llegó a administrarle estimulantes, hormonas, cocaína y Eukodal, un opioide de la familia de la morfina que en esos años se recetaba con enorme facilidad.

Las inyecciones se volvieron indispensables para mantenerlo activo, y Morell también. Hacia el final de la guerra, cuando algunas sustancias dejaron de conseguirse, su deterioro físico era evidente.

El hombre que desconfiaba de las drogas terminó necesitándolas para sostenerse en pie.

El caso que documenta Ohler funciona como advertencia. En la búsqueda de rendir más y estar siempre enfocados, algunos líderes pueden recurrir a sustancias que alteran su conducta. Lo que empieza como una ayuda para sostener el ritmo de trabajo puede afectar su sensibilidad, su empatía y su capacidad de decidir. Cuando eso sucede en una persona con poder, el riesgo deja de ser individual.

Y ese desgaste, con frecuencia, empieza a verse antes de que alguien lo nombre. Dependiendo de la sustancia, la dosis y la reacción de cada organismo, la mirada puede volverse demasiado fija, las pupilas dilatarse y el parpadeo disminuir. Pueden aparecer tensión en la mandíbula, rigidez corporal, sudoración, sequedad de boca, temblor en las manos, movimientos repetitivos o una necesidad constante de moverse.

En dosis elevadas, la persona puede parecer acelerada, irritable o desconectada de quienes la rodean. Pero ninguna de estas señales prueba nada por sí sola. El cuerpo también reacciona así ante el estrés, el cansancio o una enfermedad. El lenguaje no verbal nos alerta que algo cambió. Nos invita a observar, a buscar patrones, a buscar explicaciones — pero no a llegar a conclusiones.

La historia tampoco se detiene en el nazismo. En su libro En el poder y en la enfermedad, David Owen —médico y excanciller británico— analiza cómo la salud de los gobernantes y los tratamientos que reciben influyen en sus decisiones. John F. Kennedy ocultó al mundo que padecía la enfermedad de Addison, mientras un cóctel de esteroides y estimulantes lo mantenía en pie frente a las decisiones más peligrosas de la Guerra Fría. Georges Pompidou gobernó Francia gravemente enfermo. Su equipo lo ocultó hasta el final. Murió en 1974, en pleno mandato, sin que el país lo supiera jamás.

Los políticos saben que su cuerpo también comunica. Por eso procuran proyectar salud, fuerza y vitalidad. Durante su campaña contra Hillary Clinton, Donald Trump repetía que ella carecía de stamina, es decir, de resistencia para gobernar. Años después llamó constantemente "Sleepy Joe" —Joe el dormilón— a Joe Biden. No eran diagnósticos médicos, sino una estrategia para sembrar dudas sobre la capacidad de sus adversarios. En la política, parecer fuerte puede ser casi tan importante como estarlo.

Observar a un gobernante no nos autoriza a diagnosticarlo. Pero cuando sus decisiones afectan el destino de millones de personas, preguntarnos por su condición física y mental no es una intromisión: es una preocupación legítima. Debemos exigir información médica clara y verificable. El cuerpo del poder también comunica: observar abre la pregunta; la transparencia debe darnos la respuesta.

Escrito por Bárbara Tijerina para La Aurora de México.

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