El Poder que Pierde la Voz se Debilita

A eso me dedico: a trabajar la forma en la que comunicamos, para que lo que decimos esté respaldado por cómo lo mostramos. Porque de ahí depende la credibilidad.
“No es lo que dices, es cómo lo dices”.

Y lo comprobamos todos los días.

Cuando alguien afirma algo de lo que no está completamente convencido, aparece un desfase entre lo que dice y lo que muestra.

El director de una empresa habla de expansión pero si no la cree de verdad., ni su cuerpo ni su voz se expande.

Tu pareja dice que te ama, pero lo hace con la voz plana y con la mirada en el piso.

No tienes que ser experto en lenguaje no verbal para detectar esas disonancias. Si alguien te dice que está comprometido, entusiasmado o seguro, esperas que su tono de voz, sus gestos y su postura acompañen la historia.

Entre todos los canales de comunicación, la voz es de los más fiables, porque es muy difícil de controlar.

Puedes medir palabras, ajustar el discurso, incluso contener el gesto.
Pero el tono, el ritmo y la respiración responden a otra cosa: al estado emocional.

Por eso, cuando la voz cambia, la lectura cambia.

La voz está directamente conectada al sistema emocional.
Si estamos felices, el tono sube y hablamos más rápido.
Cuando estamos tristes, la voz pierde fuerza y el ritmo baja.

Por eso resultaba difícil creerle al ex secretario de Salud cuando decía, con la voz plana y baja:
“ya aplanamos la curva de la pandemia”.

Y en política, esa incongruencia no es un detalle menor. Es señal.

Esta semana, en medio de una crisis por señalamientos de narcotráfico, esa incongruencia no solo se escuchó, se sintió.

Claudia Sheinbaum sale a su conferencia.
Primero, como si no pasara nada.

Pero es Día del Niño. Y cambia el registro.

Sonríe.
Modula la voz.
La suaviza.

“Les tengo una sorpresa”, dice.

La sonrisa aparece, pero no se sostiene.
No nace en los ojos.
Se queda en la superficie.

El tono intenta entusiasmo,
pero no tiene energía.
Está obligado estrategicamente pero no sentido.

La escena busca alegría.
Ni el cuerpo de ella ni de los niños la respalda.

La “sorpresa” termina siendo un grupo musical que no prende.
Por más que intenta empujar la emoción, no ocurre.

Y ahí está la clave.

Es muy difícil fingir entusiasmo.
Como dice el refrán: “Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”

Y cuando la emoción no es genuina, no conecta.

Como decía Benjamin Disraeli: “Nada revela tanto el carácter de una persona como su tono de voz”

Claudia arranca con una muletilla: “eh…”.
No es casual. Es tiempo ganado.
Es el sistema buscando cómo ordenar lo que viene.

Después, aparece el temblor en la voz.
Sutil, pero presente.

Y luego, la respiración.

Toma aire justo antes de decir “Departamento de Estado”.
No es una pausa retórica. Es una pausa funcional.
El cuerpo se prepara para sostener lo que sigue.

No es lo que dijo. Es que le costó decirlo.

Por otro lado, el miércoles justo despues de que se dio la notica, el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, es abordado para responder ante acusaciones graves.

La pregunta exige claridad.
Firmeza.
Control.

Pero mientras responde, sus hombros se elevan.

Una y otra vez.

Es un gesto breve, casi imperceptible para quien no está entrenado.
Pero contundente en su significado.

En lenguaje no verbal, el encogimiento de hombros suele aparecer cuando alguien no termina de sostener lo que dice. Minimiza. Duda. Resta peso.

No es lo que uno espera frente a un tema de esa magnitud.

Porque cuando alguien está seguro, el cuerpo acompaña.
Hay postura firme. Hay contención. Hay coherencia.

Aquí no.

Mientras el discurso intenta sostener una postura, el cuerpo la debilita.

Dos escenas.
Dos voces.
Un mismo patrón.

El discurso intenta mostrar solidez
El cuerpo no acompaña y muestra debilidad.

Y el cuerpo rara vez se equivoca.


Escrito por Bárbara Tijerina para la Aurora de México.


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